Mostrando entradas con la etiqueta Andrés Canseco Garvizu (Bolivia). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Andrés Canseco Garvizu (Bolivia). Mostrar todas las entradas

febrero 26, 2014

Borges frente al universo [por Andrés Canseco] [Escritores Invitados]

 
"Borges es uno de los más originales prosistas de la lengua española, acaso el más grande que ésta haya producido en el siglo XX”.
—Mario Vargas Llosa—


Conocí a Jorge Luis Borges con un libro de poemas llamado El oro de los tigres (1972).
Desde entonces no ha dejado de sorprenderme y fascinarme su cuantiosa y variada obra extendida por medio de poemas, cuentos, ensayos, diálogos, conferencias, entrevistas  y hasta anécdotas. A pesar de estar privado de la vista —siendo él conocedor de este destino desde muy joven— es resaltable la pasión y entrega con que se dedicó a la lectura y a relectura de textos de diversos tipos.
Los temas empleados en su obra de ficción abordan muchas problemáticas que, aunque se edifican sobre la fantasía, son centrales en la vida del hombre: el dilema de la muerte, la obsesión, la infamia, el crimen, el universo, la guerra, el futuro, el conocimiento de uno mismo y muchos otros que, incluso en la exquisitez de lenguaje y contenido borgianos, alcanzan a todos los hombres.
De la mano de la erudición obtenida por una encomiable adicción a los libros y del apego al individuo como única realidad (en reiteradas ocasiones Borges se declaró un  anarquista-pacifista, además de apuntar y desear que en un futuro lejano mereceremos no tener gobiernos), otro gran valor del escritor nacido en Buenos Aires es su universalismo. Voy a recalar en este aspecto dado que es difícil que exista otro autor que reúna en su prolífica labor tantos textos inspirados en tantos tiempos, lugares y culturas como Borges con tanta calidad.
Una retroalimentación singular se da entre el mundo y el escritor. Ejecuciones, conflictos bélicos, magnicidios, desolaciones, una que otra cuestión amatoria, organizaciones políticas, tramas policiacas,  mitología y temas filosóficos y lingüísticos, emergen de Jorge Luis Borges hacia el mundo sin distinción de nacionalidades. Así también Borges se sirve de todas las culturas para poder crear un legado literario inolvidable. La pampa argentina del gaucho, el lejano oriente con sus Mil y Una Noches, esa Florencia que cobijó a Dante, Texas, Montevideo, la España de Cervantes y Góngora, Islandia, Japón a través de sus Tankas, la verde Inglaterra, Buenos Aires y su fervor, Alemania y su lengua, la Grecia de Proteo, Heráclito y Sócrates, las islas Malvinas con su guerra, y una extensa lista que no puedo detallar; son los planos en los que el autor conjuga el universo entero.  Acaso sea su creación lo más aproximado a ese Aleph publicado en 1945 (el único Aleph que posee calidad literaria, por cierto) en el que se refleja las infinitas caras y cosas del universo.
No es azaroso el hecho de que todo este multiculturalismo le haya generado otra clase de lucidez, la lucidez de abrir el ojo crítico ante posturas nacionales, despojándose de pasiones de bandera. Sus opiniones particulares de rechazo al peronismo y su no alineación a la izquierda, a diferencia casi todos los artistas que aspiraron a reconocimientos en el Siglo XX, le valieron —entre otras cosas— no haber obtenido el Nobel de Literatura. Jean-François Revel, en El conocimiento inútil, hace un apunte sobre este hecho: “La izquierda, de hecho, odiaba a Borges por no haber aprobado el terrorismo que había precisamente provocado la dictadura de los generales argentinos. Es muy diferente, pero bastaba para hacer de él un escritor «de derechas», es decir, no «nobelizable»”.
En el plano de lectores sucede algo similar al caso de Mario Vargas Llosa. Es posible aún encontrar rabiosos progresistas-socialistas que rechazan a Borges, su obra y calidad pues su estrechez  ideológica puede más que su lectura; lo catalogan entonces de soberbio, insensible y sin “conciencia social”.
En días en que las fronteras nacionalistas quieren cercar el horizonte cultural y en que el individuo está siendo negado ante la colectividad como un ser sin importancia que únicamente debe estar sujeto al oleaje de las masas y las mayorías, la lectura del hombre obsesionado con espejos y laberintos permite rebelarse de un modo literariamente sublime, en prosa y en verso, ante las necedades que minan la libertad y el destino del hombre.

Publicación original: http://andrescanseco.blogspot.com/2014/02/borges-frente-al-universo.html
Compartir

diciembre 10, 2013

Intento de alivio en diciembre [por Andrés Canseco] [Escritores Invitados]





Es una ciudad muy caliente,
con techos altos  y pocas paredes.
Eso siempre deja el escape eterno abierto;
hay muchas vigas para poder colgarse.



No hay piedad posible en las calles,  gruñen voces y me clavan sus garras en la garganta. ¿Por qué el verde se mancha con el veneno del necio? ¿Por qué el frívolo ha vencido tan fácilmente?



De vez en cuando alguna deidad tiene su fecha
y se rodea de seguidores en alguna procesión o culto. El cielo que se abre es demasiado celeste o bello
como para desperdiciarlo buscando salvación y alimentando fe.



Texto y fotografía: Andrés Canseco G

Compartir

noviembre 11, 2013

Un siglo con Camus [por Andrés Canseco] [Escritores Invitados]

“El pesimismo de Camus no es derrotista; por el contrario, entraña un llamado a la acción, o, más precisamente, a la rebeldía”.


-Mario Vargas Llosa-






7 de noviembre de 2013: 100 años del nacimiento de Albert Camus.




Tu nacimiento se dio poco antes de la primera gran herida del siglo XX. Tú advertirías luego que Europa se moría con la segunda. La miseria te rodeó,  pero no quebrantó tu joven espíritu. Un corazón que aprendía y unos pulmones que fallaban marcaron tu destino cuando el mundo aún no te abría las puertas como un hombre pleno. Entrega y compromiso te fueron moldeandon, junto a la solidaridad, una palabra aprendida en un campo de fútbol y reforzada en las tablas de un teatro.


Supiste sortear adversidades. Emigraste a la Ciudad Luz en busca de un destino de escritor. Aunque la destrucción asolaba tu ruta, no pudo torcerla.


París te recibió y un círculo de mentes lúcidas advirtió tu valía. Nunca permaneciste indiferente ante la injusticia, a pesar de que algunos hayan preferido callar o colaborar por comodidad. Fuiste francotirador inagotable; intolerantes y dóciles te tomaron como enemigo.  Pero también tuviste amigos fraternales y colegas escritores que te valoraron. Tu sensatez y tu crítica estuvieron en primera línea con valor.


La guerra pasó y el Nobel recayó sobre ti años después.  Tus palabras en Estocolmo dejaron las enseñanzas para una generación que debía evitar que el mundo se deshaga.  




Te conocí siendo yo muy joven; El extranjero y la crisis del hombre que se halla lanzado a una existencia sin sentido. Cuando aprendí una pizca más sobre la vida, reencontré a Meursault en días lluviosos.


El mito de Sísifo y la filosofía del absurdo a través del personaje griego que, aunque sea por un instante, saborea la felicidad.


La peste, con su descripción de la conducta humana en la crisis, dibuja la solidaridad y el espanto de la desesperación y la distancia.


Tu ensayo explosivo, El hombre rebelde; todo un freno para la mentira y la opresión ante una realidad que intenta aplastar y oprimir al individuo.


Con Bodas y El verano, sentí convertida en letras la experiencia incomparable de viajar. Los sitios que se conocen y a los que se retorna son más que parajes y espacio; son ideas y palabras que nos ponen en contacto con partes de nosotros mismos. Comprendí también, luego de haberlo encontrado frente a frente en una travesía, la razón de uno de tus tantos personajes que vencerán el olvido: el mar. Sin duda, son los textos más cercanos y emocionales en los que pude conocerte.  


Tus demás escritos y tus obras de teatro abundan en valor y enseñanzas, refugios en los que es saludable volver a tropezar cada cierto tiempo.




Te imagino con tu abrigo y tu cigarrillo, consumiéndose recíprocamente por la tuberculosis.




La fecha que motiva estas líneas me invita a pensar en un siglo de tu nacimiento; pero tu muerte también rodea mi mente y –como no me ocurre sólo con un puñado de autores- me pone algo triste. Borges había dicho alguna vez de Oscar Wilde: “Pensar en él es pensar en un amigo íntimo, que no hemos visto nunca pero cuya voz conocemos, y que extrañamos cada día”. Algo similar me pasa en estos tiempos contigo. Ese accidente, la carretera, la fatalidad. No dudo al decir que el mundo hoy sería un poco menos terrible si no te hubieras ido de él ese día de enero de  1960.



Octavio Paz, quien te conoció y admiró, escribió alguna vez: "Nada fue ayer, nada mañana, / todo es presente, todo está presente, / y cae y no sabemos en qué pozos, /ni si detrás de ese sinfín / aguarda Dios, o el Diablo, / o simplemente Nadie". Exista o no algo más allá, hoy me atribuyo con soberbia justificada la voz del planeta al decirte: ¡Gracias, hombre valiente y rebelde!

Compartir

septiembre 13, 2013

Relato en prosa para tres [por Andrés Canseco Garvizu] [Escritores Invitados]


"He ejecutado un acto irreparable,
he establecido un vínculo".

—Jorge Luis Borges—



Gregorio y Emma eran identificados por su vida juntos. A pesar de que yo los conocía por separado antes de que se unieran, no recuerdo muchos episodios en su mundo individual. Quizás alguna discusión de él en una plaza o algún movimiento de ella al compás de una canción sean las imágenes de un pasado que tenían solos.

Él aprendió a ver a través de ella y  para ella ciertas luces que antes pasaba por alto. Emma, un poco menos compleja, me confesó alguna vez nunca se había sentido tan bien como con él.

No eran la pareja aburrida ni tóxicamente dulce que el lector tal vez está imaginando; por el contrario, eran tan extraños que solamente podrían haberse conectado el uno con el otro. Sus planes de futuro no estaban rígidamente armados, pues las bases de ellos mismos eran débiles. Lejos de preocuparlos, esto los ponía contentos, pues su unión era espontanea y se renovaba día a día.

Pero, aunque a veces duela y sea injusto, hay que entender que tres también es un número en el amor.

Él conoció a la que sería la nueva razón de su vida en momentos de caos y decepción de la sociedad. Ella, que ya venía observándolo, lo sedujo con su historia, sus ideas, su efervescencia y sus utopías; el fuego que ella le mostraba superó a la rara dulzura que Emma despendía. Y es que con su nueva amante sentía que se comprometía en una felicidad menos egoísta, que alcanzaba a más de a dos o una hipotética familia, algo más grande.

Hablé con Gregorio un par de veces, le dije que la nueva relación que había entablado iba a destruirlos a los tres. Incluso la muerte era un posible destino si seguía ese camino. Nunca quiso hacer caso de ese consejo. Entonces, por el aprecio a Emma y porque era lo correcto, le pedí que al menos le confesase la existencia de su nuevo amor y de que ya venía relacionándose con ella.

Así lo hizo.

Emma quedó devastada. En su boca tenía palabras de ruego, pero nunca las pronunció. Vio en los ojos de Gregorio que existía alguien más que lo había conquistado.

Una frase última, con una frialdad y convicción monstruosas.

—Estoy decidido. Me voy. Gracias por todo. Nunca te olvidaré, Emma.

Gregorio tomó su bolso de viaje, una mochila muy pesada llena de apuntes y libros, el sombrero que guardaba para ocasiones especiales y una nueva pistola. Se fue tras los pasos y direcciones de su nueva compañera, amante, dueña y perdición a la vez. Ella se llamaba Rebelión.
Compartir

junio 12, 2013

Quiero escribir, pero me sale fuego [por Andrés Canseco Garvizu] [Escritores Invitados]



Hay veces que me deslizo por los tejados de mi mente y escritura, ocasiones en que brinco y bailoteo en el techo más alto y veo a todos desde lejos. Cierto es que a algunos les grito y maldigo, pero también hay varios a los que saludo y quiero que suban a danzar conmigo un rato y reír. De repente, arriba en el cielo, abajo en el mundo, o más abajo en el infierno, noto algo más y pierdo el equilibrio, y resbalo y me mancho de sangre. Es entonces que me doy cuenta de que mis líneas, las de mi rostro y mis textos, arden y queman pilares, muros y estructuras, es por eso que resbalo.

Algunos arden de pasión, olvido, furia, alegría, uno que otro mortal, música, crítica, penumbra y reflejo. Intensidad. Por eso aprendí hace un tiempo a tener compresas de agua fría para calmarme; sé bien que las tengo en algún sitio, algún baúl o sótano de ficción, pero no siempre las encuentro para usarlas.

Hay laberintos diseñados con palabras e ideas, en los que me encierro. Más de una vez he aparecido con el Minotauro y, sentados sin prisa, hemos divagado para hallar salidas con la filosofía; la mayor parte de las veces nos hemos perdido más aún, pero de un modo digno.

Cierto es que hay límites en la existencia; tarea de un Quijote nuevo es descontarlos, esta vez me concentraré en sólo dos: espacio y tiempo. Ya he resuelto el problema del espacio: me he inclinado al sentimiento apátrida; Cioran me dijo una vez: “Piensas constantemente porque te falta una patria. Como no tienes fronteras, el espíritu no tiene dónde encerrarte. Por tal motivo, el pensador es un emigrante perpetuo”. Resta solucionar el problema del tiempo: la inmortalidad no puedo garantizarla.

Han llovido sobre mí, como toscas flechas, acusaciones de ser un compositor díscolo, irritable e inapropiado; yo les sugiero —entre otras— que me llamen mejor disconforme (lo de “incendiario” cae por su peso), porque desde la ventana de mi estudio y en mi andar errante veo que el mundo es sinuoso y hay días que no me gusta.

En ocasiones me doblego —o me doblegan— con el bien el mal: ojos examinadores, traiciones de humo, sonrisas de luz, dosis de espanto, letras nuevas, descargas de felicidad inesperada en sitios con velas, manchas de crueldad, sorpresas gratas, resignación hecha suspiro, sonidos que en ocasiones son palabras, todo eso y algo más. Pero  me rearmo pieza por pieza, llama por llama, pongo de pie y trazo planes macabros que a veces ejecuto e ilusiones que me llevan. Cierto es que el arrepentimiento por muchos de mis actos no me ha visitado por ahora; me inquieta pensar que se encuentre sumando todo para volver un día galopando y me aniquile o me convierta en sal cuando mire atrás.



Hombre enrevesado. Si mi ser fuera simple, sin contradicción, sin témpano y volcanes; quizás viviría más (no mejor), no estaría extraviado en nebulosas ni cartografía confusa, y gotas de cemento no lloverían sobre mi frente. Hombre enrevesado y a la vez en paz por lo que hace, vive y siente.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco… ¡fuego!… quiero escribir, pero me sale fuego.

Publicación original: www.andrescanseco.blogspot.com/

Compartir

diciembre 13, 2012

La petición de Caronte [por Andrés Canseco Garvizu] [Escritores Invitados]




Llegué a ese sitio en un estado peculiar (la vida y la muerte a veces son dos condiciones demasiado desproporcionadas). Un médico diría que en alguna especie coma, el religioso creería que en una revelación, otros pensarían que era en un sueño, cada quien asumirá a su modo la singularidad de mi historia; sin embargo, yo dudo de todos. Fue la peculiaridad de aquel estado lo que llamó la atención de mi interlocutor cuando lo encontré en la orilla.

Dijo que no era la primera vez que algo así pasaba, que ya algunos habían llegado de forma algo similar; me relató de Hércules y su verdadera historia, de una rebeldía contra los dioses que los griegos ocultaron a las demás generaciones para que no sea imitada. También me habló de Orfeo y su música, que era más oscura y profunda de lo que cuentan ahora; de Eneas y un falso origen, de Psique y la torre de un suicidio interrumpido. Finalmente, de Dante y su visita; que aquello no era ficción, que el de Florencia verdaderamente había recorrido el inframundo acompañado por Virgilio buscando a Beatriz, pero la incredulidad de esos tiempos y de los futuros lo inclinó a barnizar la historia como una pieza literaria.

Mofándose me increpó:
— ¿Qué te trae por este sitio? ¿Tú también vienes por un amor a cruzar la ruta de las sombras? ¿Darás tu vida por ese romanticismo, que a veces es mal pagado por el prójimo?
 Le contesté que no, que yo no había elegido —como los demás de quienes me habló— llegar a las orillas del Aqueronte.

—Eso del amor no es para mí, al menos no en esa entrega desmedida.

Y le enseñé las heridas en forma de lección que me había causado ese sentimiento, y quise hablarle de algunas cosas más sin sentido... me interrumpió.
Me propuso que, al no estar muerto, no debía pagar  el peaje habitual para cruzar el Aqueronte; que para mí había otra forma de pagar si quería avanzar. (Cuenta el mito que todo en aquel extenso río se hunde, excepto la balsa de Caronte)

Avanzar o permanecer ahí daba igual. Supongo que en ese instante renació esa parte de mí que se hechizaba con los antiguos viajes, con el simple gusto de partir en nuevas travesías.

 —Vamos. ¿Qué debo hacer para que me lleves, viejo y oscuro barquero?
—Comprenderás que todo aquel que muerto llega y sube a esta embarcación se deshace en llanto, lamento, arrepentimiento y nostalgia. ¡Cuánto hastío tengo de oír gimoteos inútiles de individuos de cada rincón de la tierra! Tener que soportar sus lloriqueos en un río cuyo caudal es tan ancho. Ni siquiera aquellos que están ahogándose y estirando dolorosamente sus brazos desde el agua hacen tanto estruendo como los recién llegados. Nada saben ellos del perpetuo sufrimiento, de lo que les espera.

Su tono de voz era ronco, de color desgaste, similar a la frustración del artista que sabe que ha creado su mejor obra y no podrá jamás mejorarla, que seguirá pintando por obligación, y hasta maldecirá el día en que llegó a la cumbre de su inspiración.

—Percibo en ti indolencia, me recuerdas un tal Mersault que alguna vez llegó. No te quejas, tu faz ni siquiera muestra miedo o pena, no hablas mucho. Por tanto, el simple precio que deberás pagar en este viaje es aquello que nadie hace desde que se  plantaron los pilares del Hades, cuando yo no era así: escucharme es el precio a pagar.

Su voz ronca cambió, su dureza se esfumó; se torno lenta y amarga. Sin dejar de remar, empezó...

"Déjame hablarte de mi real soledad, de lo que es no poder ver el cielo azul. Déjame hablarte del vacío en los sueños, de la verdadera penumbra. Permíteme contarte lo que por dentro siento cuando algunos llegan injustamente a este reino. Te narraré acerca de cuánto se extraña escuchar una voz y sentir un aliento de vida, cuánto se desgarra mi cuerpo sin un roce. Te describiré no poder recordar lo dulce ni lo amargo, respirar sólo azufre y ceniza por esta maldición que sobre mí pesa.

"No percibo la diferencia entre frío y calor, no puedo sentir la sangre al recorrer las venas. El viento en el rostro es un enigma para mí. Simple pero alargada soledad. El vacío está repleto de abandono y de reproche. Los demonios que castigan a las almas en este sitio son impostores, mis verdaderos demonios están todos dentro de mi cabeza.

"Esta capa intenta ocultar un cuerpo deprimente, unas manos llenas de ampollas por el remo de pestilente madera, un rostro que no gesticula, sólo llora a solas de vez cuando eleva la mirada y no divisa el firmamento.

"Cruzar de una ribera a otra sin fin... ser el recaudador de un tributo hiriente. Me duele el minuto que cae del reloj y me encuentra condenado a la ruin labor en este sitio.

"Es irremediable pena. Hoy he descargado ligeramente mi pecho al hablarte. Avanza si así lo deseas".

Al descender de la barca, a pesar de su deprimente figura, le estreché la mano. La espesura del ambiente me absorbió; una extraña vorágine me extrajo del inframundo. Había visto a aquel barquero alejarse, y tembloroso por tan extraña experiencia me refugié en mi mismo y en mis recuerdos por veinte días y veinte noches.

Ha pasado el tiempo, y cada vez que veo un río recuerdo a Caronte y su pena, la sangre me duele de tristeza. En el Hades él permanece, no sé si me recuerda, tampoco si me reconocerá en el futuro. Mientras pasan los días y los años, más cerca está nuestro encuentro. Así como él no puede escapar de su condena ni de sus lágrimas que hacen más grande el caudal de los ríos del inframundo, yo no puedo —ni tú tampoco puedes, apreciado lector— huir del instante en que el hilo de mi vida se rompa, haga ese viaje de nuevo... para ya no retornar.
Publicación original: www.andrescanseco.blogspot.com/
Compartir